lunes, 29 de octubre de 2018

El motor de nuestro argumento II

Cuando ya hemos delimitado qué personajes van a interpretar nuestro argumento, realizaremos fichas de ellos.

Estas fichas nos permiten individualizarlos, y es que debemos conocerlos muy bien para no incurrir en incoherencias.

Las fichas contendrán los datos personales de cada personaje, su exterioridad, su interioridad, sus lados buenos, sus lados malos, sus conflictos internos, su pasado y sus relaciones interpersonales.

Es necesario que justifiquemos cada información que los vaya configurando.

Tenemos que definir cómo son por dentro y cómo son por fuera. Además, lo ideal sería conectar su interioridad con su exterioridad. Así, si nuestro protagonista fuera un chico muy nervioso (interioridad): podría morderse las uñas (exterioridad).

También es muy importante que elaboremos una breve biografía con anécdotas de cada uno de ellos. Esta biografía no ocupará más de un folio. Es posible que después no utilicemos algunas de las anécdotas que fuimos creando, no importa: se fundirán en el subtexto.

Según Ernest Hemingway: el autor tiene la obligación de saber todo acerca de su argumento y de sus personajes, hasta los detalles más nimios. Sin embargo, después solo plasmará una pequeña porción de ese conocimiento. Esto verifica su teoría del iceberg.

Es decir: lo que escribimos constituiría el 20% del bloque de hielo visible y lo que omitimos, el 80% restante que yace oculto bajo el agua.

Este 80% conformará el subtexto, y se erige en la esencia de nuestra novela.

Las informaciones que nosotros, como autores, poseemos y no mencionamos de manera explícita llegan a la mente del lector; estableciéndose, por consiguiente, un proceso telepático entre lector y autor.

El subtexto se construye mediante las elipsis funcionales y las informaciones relevantes para el avance de las tramas que no describimos, sino que sugerimos.

Las elipsis funcionales suponen aquellas fracciones de nuestro argumento (trama o conjunto de tramas) que elidimos porque no inciden en su desarrollo.

De este modo: no mostraremos a nuestro protagonista lavándose los dientes, a menos que vaya a ocurrir algo significativo en esa escena. El lector ya asume que se los cepilla.

Entonces trabajaremos los argumentos de nuestras novelas haciendo continuos saltos funcionales en el tiempo. Estas elipsis forman parte del juego de la ficción, y el lector las asume con total naturalidad.

¡No podemos referir las veinticuatro horas de cada una de nuestras tramas!


Bueno, no nos demoramos más y damos paso a la página titulada La ficha de cada personaje.

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